Parece ya muy lejana la fecha de 2011, cuando una casi desconocida Milagros Mumenthaler comenzó a llamar la atención en el circuito de festivales con su ópera prima, Abrir puertas y ventanas. La historia de tres hermanas y un caserón familiar hechizó a los públicos de certámenes como Locarno, San Sebastián o Guadalajara. A partir de una premisa mínima y un sugerente escenario único, la directora construyó con una solidez inaudita para un primer largometraje todo un universo creativo que ha ido cristalizando en sus espaciadas y muy meditadas entregas. La exploración de los vínculos sentimentales (familiares), la entrada en la madurez y la inmersión en la memoria agazapada de lugares cargados de un singular peso afectivo encontraban acomodo en una poética que se movía en un terreno fértil, entre la sensorialidad y el misterio de Lucrecia Martel y la perspicacia emocional de Mia Hansen-Løve. Las vidas de las adolescentes Marina, Sofía y Violeta, que deben aprender a crecer y a convivir en la antigua casa de su recién fallecida abuela, quien las crió, conocía una aproximación estética muy meticulosa aunque en su superficie los vericuetos dramáticos se redujeran a la mínima expresión. Mumenthaler proponía, ya hace quince años, un cine de silencios, elipsis y espacios densamente trenzados de memoria, renuncias y apegos; un cine basado en el tropo narrativo de la ausencia y en las historias contadas a media voz. Un cine que hermana observación y sugestión poética con el que bucear en las complejidades que entretejen nuestras vidas cotidianas. (Gabriel Doménech González)
> Presentación y coloquio posterior con la cineasta.