Envejecer de la mano de tus amigas. Sentir que formas parte de algo que no te viene dado, sino que se crea a partir de la necesidad de cuidarse mutuamente. Que el número de teléfono de tu amiga de toda la vida sea una de las últimas cosas que permanecen en ti cuando la memoria empieza a fallar. Encontrar tu lugar en aquella familia que no has elegido, pero que encuentras casi por casualidad y que se convierte en hogar. A veces una comunidad o familia, no es aquella en la que creces, sino aquella en la que decides quedarte. Aquella que se construye a partir de la conexión, del afecto mutuo, del dolor, de la soledad, o del deseo de estar y compartir.
Diversos contextos, desde un equipo de lucha libre en Japón, un grupo de trabajadores nocturnos de un club en Tokio o grupos de mujeres que comparten amistad y proyectos de vida, permiten observar la construcción y desarrollo de diferentes formas de comunidad. Contextos atravesados por el esfuerzo, la disciplina, la identidad o el paso del tiempo, donde el respeto y la fuerza permiten otras formas de pertenencia. Sin idealizar la idea del vínculo, pero esquivando las estructuras sociales impuestas que normativizan, se exploran relaciones y grupos marcados por la contradicción, la transformación, la fragilidad y el deseo de continuar juntos.